Por: Luis Solís Plaza, académico UNIACC
Nuestras pequeñas empresas nos plantean un salto importante en materia de fomento productivo, proponiéndonos la reformulación de varios organismos y agencias de fomento.
Fuente: La Nación. 7 de enero de 2009
El año que iniciamos está lleno de esperanzas, pero también de mucha incertidumbre. Si bien es cierto 2008 fue el año en que reventó la crisis mundial y 2009 el año en que se logró detener la crisis, 2010 no está claro que necesariamente sea el de la recuperación a nivel mundial. Aún persiste en los mercados globales mucha inquietud, lo que no permite trazar una línea gruesa respecto de que este año será el de la reactivación definitiva.
Sin embargo, a pesar de la incertidumbre que genera el escenario mundial, Chile debe hacer su mejor esfuerzo porque este año sea de consolidación en materias que están pendientes desde hace una década. Es preocupante cómo en los últimos diez años ha venido cayendo nuestra productividad y cómo nuestra economía ha ido perdiendo competitividad respecto de otras de similares características; preocupante también es que nuestros “connotados economistas” -representantes de los diferentes centros de pensamiento político que tienen mayor injerencia en la sociedad- no adviertan en sus análisis cuáles son las causas principales de esa pérdida de competitividad.
Intentaremos modestamente “ayudar” a nuestros legos criollos en economía: entre las principales causas de la baja de productividad se encuentran dos factores que constantemente hemos venido señalando en esta columna. La primera tiene que ver con la educación de nuestra fuerza de trabajo. Dos datos que ilustran la debilidad que tenemos como país en esta materia: sólo 47% de nuestra fuerza laboral tiene enseñanza media completa y un pequeño 15% cuenta con educación superior. Por cierto, los países que tienen mayores tasas de productividad y, por ende, mayores tasas de crecimiento, están muy lejos de estas exiguas cifras; buena parte de su fuerza de trabajo tiene enseñanza media completa y cerca de 50% cuenta con educación terciaria con énfasis en la educación técnica superior.
La segunda es que no podemos ser un país productivamente eficaz si solamente somos meros exportadores de algunas materias primas. Se requiere rápidamente diversificar el aparato productor del país, recuperando drásticamente el mercado interno; también debemos agregar valor a nuestras exportaciones, diseñar un plan agresivo en recuperar un aparato manufacturero; pero, por sobre todo, crear una industria “mente-facturera”, aumentando fuertemente el acceso de pequeñas y medianas empresas al aparato exportador.
Este año también será aquel en que los ciudadanos -ya era tiempo- comiencen a tener mayor protagonismo e injerencia en las decisiones que debe adoptar el país. Entre la incipiente ciudadanía organizada que tenemos se encuentran las organizaciones que agrupan a las micro, pequeñas y medianas empresas del país -entre las más importantes podemos citar a la Conapyme, la ASOF y la Conupia- que, a pesar de ser muchas veces desconocidas y ninguneadas por nuestros “connotados economistas”, han iniciado el año entregando una serie de propuestas que apuntan a recuperar la alicaída productividad nacional, en un documento que han denominado Pacto Mipyme del Bicentenario, que plantea una serie de medidas urgentes que debe asumir el futuro gobierno.
Entre las principales podemos destacar el acceso al mercado, porque es urgente que se generen políticas que apunten a aumentar la participación de las empresas de menor tamaño en el mercado nacional (la alta concentración económica va a contrario sensu de una sociedad de ciudadanos, nuestra economía no se puede seguir sustentando con el enriquecimiento de un grupo pequeño de grandes empresas a costa de la ruina de una inmensa mayoría de pequeñas compañías); y la construcción de una política -sin complejos- que permita el acceso al financiamiento de nuestras empresas de menor tamaño (los instrumentos creados muchas veces no tienen aplicabilidad en la práctica, ya sea porque están destinados a empresas que no requieren capital o empresas que están empantanadas en el fatídico Dicom o lisa y llanamente porque se diseñan políticas sin recoger las características genuinas de nuestras pequeñas unidades productivas), haciendo cambios profundos en la Corfo y BancoEstado y, si fuese necesario, creando otras instancias.
Finalmente, para este año nuestras pequeñas empresas nos plantean un salto importante en materia de fomento productivo, proponiéndonos la reformulación de varios organismos y agencias de fomento a las empresas de menor tamaño, como Sence, Sercotec e Indap. Se debe impedir de una vez que muchos de los recursos de estas agencias pasen “mañosamente” a conglomerados que agrupan a las grandes compañías del país, pues las grandes empresas chilenas cuentan con suficientes recursos para capacitar, investigar e innovar. No es el Estado el que debe subsidiarlas, sino exactamente al revés: son ellas las que deben invertir en estas materias.
Avanzando en las materias antes señaladas, podremos ir cumpliendo el gran desafío que nos depara el año del bicentenario: aumentar nuestra productividad.












