Por Luis Solís Plaza, Académico Universidad Uniacc
Fuente: La Nación. 8 de abril de 2010
El lunes recién pasado se dio a conocer el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec), que muestra cómo fue el comportamiento de la actividad económica nacional respecto del mismo mes del año anterior. En esta oportunidad el guarismo fue de un exiguo 2,7% y una vez más nuestros connotados economistas (de las más diversas corrientes) se equivocaron, porque se esperaba un Imacec sobre 3%. Equivocada y apresuradamente, algunos culparon al terremoto del sábado 27 de febrero por el disminuido índice, en circunstancias que el cataclismo sucedió un sábado y el mes sólo tenía 28 días (que además caía en día domingo, un día inhábil). Es decir, lo más probable es que las consecuencias del terremoto se manifiesten en marzo.
Nuestros especialistas en economía se siguen equivocando y lo seguirán haciendo mientras no se den cuenta de que sin un apoyo verdadero y profundo a la industria nacional, expresada en sus empresas de menor tamaño, no habrá posibilidad de mejorar ningún índice de desarrollo económico. Ante la majadería -o inercia intelectual- de nuestros economistas, debemos insistir en ilustrar con aquellos datos que ya todo el mundo sabe, pero que ellos se empeñan en obviar.
Aquí van algunos que les permitirían ser más certeros en los próximos cálculos económicos del país: las pymes son el verdadero motor del desarrollo de cualquier economía, en tanto involucran a más de 80% de la población -estadística válida en buena parte del mundo-; ellas son las grandes distribuidoras de la riqueza, las grandes innovadoras, las que permiten y dan sentido a la educación en todos sus niveles y, algo vital, son extensivas en capital humano: las grandes empresas en Chile no innovan y son intensivas en bienes de capital, no en mano de obra.
Desde la crisis asiática hasta esta última crisis financiera global, Chile no ha logrado remontar las tasas de crecimiento que tuvo en los ’90. El crecimiento experimentado en los últimos diez años se explica esencialmente por cuatro o cinco commodities: concentrado de cobre, celulosa, salmones, harina de pescado y molibdeno. Producción importante de estas materias primas se ha visto seriamente afectada por el terremoto. En el mismo período, si no hubiese sido por la gran demanda de las materias primas antes señaladas -y gracias al fuerte desarrollo chino, indio y asiático en general-, es muy probable que nuestro crecimiento hubiese sido cercano a cero o negativo, con todas las implicancias que ello trae.
Esto tiene una explicación bastante clara: el Estado no ha contado con una política seria de fomento hacia las pequeñas y medianas empresas. En lo que más se avanzó durante toda la década pasada fue en posicionar en la opinión nacional que las pymes son importantes. Ello no habla bien de nuestro desarrollo, porque si nos demoramos diez años en reconocer la importancia del principal sector económico del país, ¿cuánto nos demoraremos en crear los instrumentos, las políticas y, en definitiva, un Estado que coloque en el sitial que corresponde al 99,3% del empresariado nacional?
Hoy más que nunca se requiere una alianza público-privada, pero ¿con cuáles privados? Con aquellos que son la inmensa mayoría, con los que absorben la mano de obra en el país, quienes por su parte deben fortalecer y hacer crecer sus organizaciones gremiales. La lectura aquí no es muy difícil: sólo organizadamente las empresas de menor tamaño y el país podrán enfrentar y hacer de este difícil momento que nos aqueja una oportunidad.
La actual situación producida por el terremoto nos da la posibilidad de organizar en mejor forma nuestro aparato productivo local y de reformular los organismos públicos de fomento al emprendimiento. No en vano la Corfo se creó debido al terremoto de Chillán de 1939 y nadie podría negar el inmenso aporte que hizo al desarrollo nacional.
Sólo de esta forma podremos en el futuro ir observando índices económicos favorables, que vayan llevando a Chile de vuelta al crecimiento de los ’90 y finalmente a alcanzar el anhelado desarrollo.
El lunes recién pasado se dio a conocer el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec), que muestra cómo fue el comportamiento de la actividad económica nacional respecto del mismo mes del año anterior. En esta oportunidad el guarismo fue de un exiguo 2,7% y una vez más nuestros connotados economistas (de las más diversas corrientes) se equivocaron, porque se esperaba un Imacec sobre 3%. Equivocada y apresuradamente, algunos culparon al terremoto del sábado 27 de febrero por el disminuido índice, en circunstancias que el cataclismo sucedió un sábado y el mes sólo tenía 28 días (que además caía en día domingo, un día inhábil). Es decir, lo más probable es que las consecuencias del terremoto se manifiesten en marzo.Nuestros especialistas en economía se siguen equivocando y lo seguirán haciendo mientras no se den cuenta de que sin un apoyo verdadero y profundo a la industria nacional, expresada en sus empresas de menor tamaño, no habrá posibilidad de mejorar ningún índice de desarrollo económico. Ante la majadería -o inercia intelectual- de nuestros economistas, debemos insistir en ilustrar con aquellos datos que ya todo el mundo sabe, pero que ellos se empeñan en obviar.
Aquí van algunos que les permitirían ser más certeros en los próximos cálculos económicos del país: las pymes son el verdadero motor del desarrollo de cualquier economía, en tanto involucran a más de 80% de la población -estadística válida en buena parte del mundo-; ellas son las grandes distribuidoras de la riqueza, las grandes innovadoras, las que permiten y dan sentido a la educación en todos sus niveles y, algo vital, son extensivas en capital humano: las grandes empresas en Chile no innovan y son intensivas en bienes de capital, no en mano de obra.
Desde la crisis asiática hasta esta última crisis financiera global, Chile no ha logrado remontar las tasas de crecimiento que tuvo en los ’90. El crecimiento experimentado en los últimos diez años se explica esencialmente por cuatro o cinco commodities: concentrado de cobre, celulosa, salmones, harina de pescado y molibdeno. Producción importante de estas materias primas se ha visto seriamente afectada por el terremoto. En el mismo período, si no hubiese sido por la gran demanda de las materias primas antes señaladas -y gracias al fuerte desarrollo chino, indio y asiático en general-, es muy probable que nuestro crecimiento hubiese sido cercano a cero o negativo, con todas las implicancias que ello trae.
Esto tiene una explicación bastante clara: el Estado no ha contado con una política seria de fomento hacia las pequeñas y medianas empresas. En lo que más se avanzó durante toda la década pasada fue en posicionar en la opinión nacional que las pymes son importantes. Ello no habla bien de nuestro desarrollo, porque si nos demoramos diez años en reconocer la importancia del principal sector económico del país, ¿cuánto nos demoraremos en crear los instrumentos, las políticas y, en definitiva, un Estado que coloque en el sitial que corresponde al 99,3% del empresariado nacional?
Hoy más que nunca se requiere una alianza público-privada, pero ¿con cuáles privados? Con aquellos que son la inmensa mayoría, con los que absorben la mano de obra en el país, quienes por su parte deben fortalecer y hacer crecer sus organizaciones gremiales. La lectura aquí no es muy difícil: sólo organizadamente las empresas de menor tamaño y el país podrán enfrentar y hacer de este difícil momento que nos aqueja una oportunidad.
La actual situación producida por el terremoto nos da la posibilidad de organizar en mejor forma nuestro aparato productivo local y de reformular los organismos públicos de fomento al emprendimiento. No en vano la Corfo se creó debido al terremoto de Chillán de 1939 y nadie podría negar el inmenso aporte que hizo al desarrollo nacional.
Sólo de esta forma podremos en el futuro ir observando índices económicos favorables, que vayan llevando a Chile de vuelta al crecimiento de los ’90 y finalmente a alcanzar el anhelado desarrollo.












